El Paro del Magisterio,

más que un asunto gremial

Si nos preguntásemos: ¿Qué sentido puede tener devolvernos casi que al origen de la humanidad para hablar de un paro de maestros? Tendríamos que decir que todo el sentido del mundo o ninguno. Todo depende de cómo nos pensemos la educación. Por ello tiene todo el sentido, como lo proponen Frabboni y Pinto, distinguir entre educación, instrucción y formación. Y, ello, por la muy sencilla razón de que la educación como la concebimos y realizamos en la escuela hoy, no garantiza formación, ni siquiera cuando se realiza en coordinación con las familias de los educandos. En la casa, cuando existen las condiciones materiales y subjetivas – de los padres y/o mayores- se crían los niños, entendiendo por tal que se les alimenta y enseñan las formas propias de la vida en común –familia y allegados o vecindario-; pero, difícilmente podríamos sostener que los padres y las madres, por serlo, van más allá de eso, como para que se pueda esperar un resultado confiable.

En algunos casos, los padres también enseñan a los niños a hacer cosas, a ser hábiles en la ejecución de tareas u oficios. Habilidades que nunca sobran y pueden hasta generar empleo, aunque, cada vez menos. Pero, las dos cosas no garantizan, por si mismas, una formación suficiente. La vida es mucho más que saber hacer cosas y adquirir hábitos. La vida exige ser pensada y gozada para ser vivida como propia. ¿Acaso podemos decir que la educación que hemos recibido y que hoy transmitimos a nuestros estudiantes, nos enseña a vivir la vida como propia, como un acto soberano de nuestra voluntad?

Sin ninguna duda, el paro del magisterio que concluyó con el acuerdo firmado el pasado 16 de Junio, después de 24 días de nutridas y combativas concentraciones y marchas que dieron forma a la movilización sindical más importante de las últimas décadas en nuestro “pobre” país, sumido en un ambiente marcado por pugnacidades destructivas, alimentadas por la idea del todo vale, que alienta al uso de la mentira como una argucia intelectual, que pretende ser reconocida y premiada como una “exquisitez”, la de aquello que siendo una gran mentira, puede llegar a ser asumida como verdad y producir efectos en tal sentido. Estratagema que se utiliza en el amañado y controversial debate político suscitado por el reintegro de los miembros de las FARC-EP a la vida civil y, seguramente, se utilizará en el subsecuente proceso de su incorporación a la lucha política legal. Es el uso de la falacia, imposible de sostener, sin contar con la ignorancia amnésica que padecemos y que permite decir a los interesados en desinformar u ocultar realidades desveladoras, que todo lo malo que ha pasado con Colombia y, en particular, la violencia con sus más de 8 millones de muertos que pesan sobre nuestra historia republicana del siglo XX y lo que va del XXI, son responsabilidad de la insurgencia y de nadie más. Como si la tal violencia, que aún continúa operando selectivamente sobre los líderes sociales, hubiese sido gestada por ella; como si la insurgencia misma, no hubiese sido su fruto. Por ello es que es legítimo pensar, que la batalla por el triunfo del no, lo fue realmente, por mantener al grueso de los colombianos, independientemente de su grado de escolaridad, en una oscuridad que no deja ver más allá de las narices. Un efecto logrado con el muy solicito concurso de las comunidades religiosas más acudidas en este país del “Sagrado Corazón”.

Ahí es donde, quienes han decidido no dejar de mirar hacia atrás para poder entender hacia adelante, señalan que lo ocurrido con el referendo es una advertencia de lo que podría venirse luego para seguir cerrando el acceso al uso del derecho legítimo de quienes son “los Otros” (los desheredados o despatrimoniados), a un ejercicio efectivo de la política. Así, la alienación que se continúa ejerciendo con la educación que nos damos, la manipulación amañada de la información y las tergiversaciones deliberadas que se condensan en telenovelas y documentales, que hacen a un amplio sector de la sociedad objeto de procesos de enajenación bien camuflados en ofertas de entretenimiento que cumplen su cometido en el hacer que prevalezca en ella, una vida cada día más chata y carente de sentido. Procesos que se refuerzan con sermones que siguen especulando con el fantasma demonizado del comunismo, pero que muy poco dicen de los crímenes masivos y continuados que se producen en razón de las definiciones “legales” que se imponen en contra de las reclamaciones reiteradas por la negación continuada de derechos fundamentales como el de la salud, el acceso al agua potable, a una vivienda digna y, por qué no decirlo, al trabajo que se escatima cuando en un afán de ganancia y control desmedidos sobre los medios de producción, se cierran espacios en el campo laboral.

Por ello solamente, indignan los maridajes que se cuecen entre quienes ponen todo su poder en la concentración de la propiedad sobre los medios de producción –principalmente la tierra- y, quienes apoderados de las instituciones, incluidas- cree uno, por lo que ha sido su devoción por la propiedad-, las iglesias (Fernández y Benito, 2013), cuyo sentido estaría mejor sintonizado con la defensa de un ideario democrático y/o de justicia, pero que facilitan que tal concentración pueda significar la negación de la propiedad y el trabajo para los “Otros”, endulzándoles el oído con una esperanza de la que nadie puede ni podrá jamás dar cuenta.