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La alteridad: ¿moda, imposición o herencia?

Los colombianos y en general todos los latinoamericanos, nos encontramos inmersos en un contexto donde en muchas ocasiones hemos sido estigmatizados; según Aguilar (pág, 12. 2007) “la época de la colonia es un momento histórico de importancia, porque permite entender la construcción de la otredad y la extranjería en la actualidad”. Esto según la misma autora, se debió a que “constituyó el inicio de la diferencia entre el español europeo (de piel blanca) y los grupos indígenas” (p. 14), lo anterior indica que culturalmente está dentro de nuestro pensamiento el refuerzo de lo negativo, ya que la incursión del europeo nos enseñó que lo que teníamos no era de valor, no era representativo, no importaba y que por lo tanto éramos nosotros, quienes estábamos en la obligación de “adaptarnos”, de seguir ese ideal de modelo instaurado a la fuerza, y donde lo autóctono, lo propio, solo “es apreciado en términos históricos y cuestiones artísticas-culturales, pero nunca visto como igual” (Aguilar, 2007, p.10).

Todo lo anterior nos induce a pensar que siempre hemos visto a ese diferente y para el caso del extranjero, como algo novedoso, según Aguilar (2007):

Pensar al “extranjero” en la actualidad se vuelve fundamental dado su papel como actor de lo político, como una figura de desacuerdo. La imagen del extranjero nos permite cuestionar el orden, pensar más allá y dejar de sentir las instituciones como algo dado e inamovible y ver que todas las estructuras son producto de un imaginario social y como tal pueden modificarse (p. 18).

Lo anterior indica que el extranjero es algo que nos afecta positiva o negativamente, que no nos es apático, que de alguna forma afecta nuestra tranquilidad y que las reacciones que podemos tener ante él pueden ser variadas: de aceptación y asimilación, de anulación e indiferencia y de odio y destrucción; aunque es de aclarar que es distinta las percepción que se tiene del extranjero para el caso nuestro (latinos) que para un norteamericano o un europeo.

Para nosotros los latinos, el extranjero en muchos casos es digno de admiración, más si procede de una mal llamada “cultura avanzada”, entiéndase Norteamérica, Europa o Japón por ejemplo, por eso, sin entrar en polémica y con el perdón de mis compañeras y de todas las mujeres, considero que es más fácil y llamativo encontrar un aviso publicitario que diga: “Hombre de 60 años, económicamente estable, nacido en Dinamarca, desea entablar relación con dama latina, no mayor de 40, para fines serios”; pero no el mismo anuncio, cambiando Dinamarca por Bolivia,

Ruanda o la India. En este caso afloran estereotipos como el género, la edad, la posición económica, pero ante todo la procedencia, la superioridad, la extranjería vista no como algo negativo y que suscita incertidumbre, sino por el contrario, como símbolo de poder, de seguridad, de confianza, de grandeza; por eso me pregunto: ¿y si es monito y de ojos azules… entonces sí?