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Nuestro compromiso ético:

Educar para la paz y la esperanza

Hoy más que nunca la educación necesita mayor atención de todos los estamentos de la sociedad, estamos asistiendo al espectáculo donde los discursos pedagógicos peroran con fuerza ideas rimbombantes y lenguajes pomposos que poco tienen que ver con nuestra realidad educativa.

No podemos desconocer que nuestra juventud está siendo educada por los mass media3 que pretenden sustituir el paraíso por la lógica del consumo, observamos un mundo donde la comunicación humana está siendo reemplazada por pantallas y comandos virtuales, nos enfrentamos a jóvenes que pasan más tiempo en la televisión o en la internet que con sus padres, estamos luchando contra monstruos que tan solo con oprimir el botón y un destello de luz, logran la perpetuación de imágenes que van consolidando el proceso formativo de la personalidad y el criterio de las nuevas sociedades.

Hoy la humanidad está rendida a la virtualidad adentrándose en un proceso de personalización, caracterizado por la devoción al consumo, como expresión de una nueva forma de ser y vivir en este tiempo. Está todo llamado a ser miniaturizado, concentrado, cada vez más pequeño, más funcional: “Han llegado los tiempos de una miniaturización, de un telemando y de un microproceso del tiempo, de los cuerpos, de los placeres”.

Lo anterior para explicar que en el contexto del siglo XXI nos enfrentamos a un escenario social y cultural muy complejo: la deshumanización de la humanidad. Esta generación tiene la titánica tarea sino de rehacer el mundo, al menos no dejar que se deshaga, nosotros los docentes alimentamos la utopía de recuperar cuanto de humanismo hayamos perdido, mucha razón tenía Ernesto Sábato en su obra hombres y engranajes, publicada en 1951, y que 60 años después, cobra mayor fuerza al afirmar que el afán de ciencia y el particular ascenso del capitalismo en los últimos siglos llevaron al mundo a una terrible paradoja: la deshumanización de la humanidad.

Este es el destino contradictorio de aquel semidiós renacentista que reivindicó su individualidad, que orgullosamente se levantó Dios, procurando su voluntad de dominio y transformación de las cosas, ignorando que también él llegaría a transformarse en cosa”

Es por eso que nuestro mayor peligro actual es dejar que nuestra educación, nuestra profesión se convierta en una cosa. Los docentes debemos afirmarnos en la idea de que toda educación depende de la filosofía de la cultura que la presida, y esta nos queda claro que está comandada por la robotización y por las estadísticas capitalistas donde la variable de cantidad arrasa los criterios de calidad, entonces una tarea compleja a nuestro quehacer es oponernos al vaciamiento de nuestra cultura dejando claro que la educación es lo menos material que existe y lo más importante en el progreso histórico de los pueblos; la educación es el espíritu de una nación.

Por esta y muchas otras razones, es que el docente debe ser considerado el gremio más necesario, más generoso y más civilizador cuando se trata de cubrir las demandas de un Estado democrático. Hoy con más certeza que antes, podemos señalar la escuela como herramienta necesaria para corregir todos los vicios e insuficiencias culturales, en ella recae gran parte de la responsabilidad de dirigir los destinos de una nación, pero paradójicamente, hoy más que nunca estamos siendo testigos de una condescendiente subvaloración del papel y rol social de los docentes.