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Una propuesta para no debatir más sobre

los resultados de las pruebas PISA

En la década del 50 del siglo XX, confluyeron en las universidades norteamericanas un conjunto de programas de investigación: cibernética, inteligencia artificial, lingüística generativa, teoría de sistemas, sociología crítica. Se creó, entonces, la necesidad de repensar los problemas del conocimiento, su génesis histórica y el modo mental de construirlo. Una de las disciplinas a vincular en ese emergente campo de investigación interdisciplinaria, fue la psicología.

Noam Chomsky, quien desencadenaba en esos años una renovación en la investigación lingüística, interpeló a los psicólogos norteamericanos de la época. Chomsky había demostrado que todo enunciado era una construcción que dependía de la aplicación de un conjunto finito de reglas. Ese conjunto finitos de reglas, sin embargo, permitía una construcción infinita de enunciados. Postuló, entonces, que tras cada desempeño lingüístico existía una competencia mental. Estos desarrollos teóricos planteaban interrogantes que debían ser trabajados en cooperación con otras disciplinas. En lo concerniente con las competencias como proceso mental, la interpelación a la psicología era indispensable. Al buscar la cooperación de los psicólogos norteamericanos, constató que el programa de investigación dominante en la psicología norteamericana (el conductismo) era un programa muy precario.

Precisamente en 1957 Skinner, la personalidad más destacada de la psicología norteamericana, había publicado su obra mayor: Conducta verbal. Chomsky mostró en un trabajo hoy clásico, la imposibilidad de investigar desde el conductismo funciones psíquicas superiores como el lenguaje y el pensamiento. Ante la ausencia de otro programa de investigación, reivindicó la psicología racionalista cartesiana del siglo XVII. Estos hechos están en la génesis de lo que hoy se conoce como la nueva ciencia de la mente, la revolución cognitiva o la filosofía de la mente. Veinte años después (1975), se organizó en Francia un debate con Piaget. El propósito era, en el marco de la revolución cognitiva, encontrar acuerdos de principio entre la psicología y la lingüística que permitieran desarrollos investigativos significativos. Piaget para iniciar el debate con Chomsky, planteó un acuerdo inicial. Sostuvo lo siguiente: “En un principio, estoy de acuerdo con él en lo que me parece su aportación básica a la psicología: que el lenguaje es un producto de la inteligencia o de la razón y no de un aprendizaje en el sentido behaviorista del término”. Sin embargo, el encuentro no logró avanzar más allá de este punto inicial.

El asunto en donde encallaron todos solo la pueden adelantar los maestros, pero para hacerlo, los maestros tendrían que romper con el esquema enseñanza-aprendizaje que regula toda práctica de enseñanza en el aula. Este esquema, hoy universal, muestra sus profundas limitaciones cuando se asume el punto de vista de Chomsky y Piaget. Al romper con el esquema enseñanza-aprendizaje, la enseñanza sería una enseñanza sin aprendizaje: una enseñanza para pensar, conceptualizar y experimentar.